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Venecia
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© Texto y fotos: Frank Sánchez

Se acercaba el fin del 2014 y no tenía muy claro dónde esperar el nuevo año. Como buen caribeño, siempre pienso en una cálida isla, con buen sol, cerveza  helada, y una buena langosta de cola jugosa al grill. Pero en diciembre el Caribe no es tan cálido y la cerveza sabe mejor en verano. Así que puse la mirada en Europa, aunque siempre pensando en alguna isla, con un hotel cerca del mar donde pudiera sentir el olor a salitre en el puerto. Opciones hay muchas, pero quería algo especial, romántico, con mucha magia. Lo tengo, me dije: Venecia. Hace unos seis años visité este rincón del Adriático, donde se han escrito tantas historias de amor,  y donde más de un compositor dejó su impronta para la música universal.

Estaba eufórico, porque en Venecia no hay autos, ni motos, ni trenes ruidosos. Se anda, se recorre, se zapatea, se navega, y se vuelve al hotel sobre los mismos pasos que dejaste atrás. Porque para recorrer Venecia no necesitas un guía. Sigue la marea humana que, como venas, recorre sus estrechas y añejas callejuelas y llegarás donde quieras. Al Ponte dell’Accademia, al Ponte Rialto, a la Piazza San Marco o a Dorsoduro. O más allá, a la Isla de Murano, o mejor, a Burano, o a Torcello. Pero te puedes quedar en sus sinuosos canales y embarcarte en sus misteriosas góndolas que parecen sacadas de una película de Alfred Hitchcock. Esta laguna suele nublarse, y cuando eso sucede, la imagen espectral pone a volar tu imaginación.

Venecia se anda y se navega, pero hay una época del año en que se inunda por el acqua alta y entonces quedas suspendido en el aire, como flotando sobre una isla imaginaria. Y hasta eso tiene su encanto. Pero cuando uno va a viajar, lo primero que hace es revisar el pronóstico del tiempo para saber a qué te enfrentarás. Como buen amante de la luz, siempre busco los días soleados, aunque no sean tan cálidos. Y este año Venecia se portó como esperaba. Las temperaturas oscilaron entre los -4º y los 4º, pero siempre con el cielo azul y un sol resplandeciente.

Cuando aterrizas en Venecia, tienes varias opciones para llegar hasta el centro de la ciudad. Puedes tomar el autobús, que te deja en Piazzale Roma. De aquí tienes que tomar un vaporetto hasta la plaza de San Marcos, o hasta un sitio más cercano a tu hotel. El viaje es largo y puede llegar a durar más de una hora. La opción más directa es tomar el vaporetto que te lleva del Aeropuerto Internacional Marco Polo hasta el centro de la ciudad (San Zaccaria o Piazza San Marco). El trayecto demora más o menos lo mismo, pero vas en un solo medio de transporte y no tienes que cargar y descargar maletas a medio camino.

Si vas con un presupuesto más amplio, puedes tomar un taxi acuático privado, que te cuesta unos 100 Euros, y llegas en muy poco tiempo a tu destino.

Ya en la ciudad, lo primero que te viene a la cabeza es una buena pasta italiana, acompañada de un fresco prosecco. Y es aquí donde puede comenzar la satisfacción absoluta o la más estrepitosa frustración con la gastronomía local. Italia es sinónimo de buona pasta, pero ojo con eso. Venecia es muy turística y la calidad del servicio y del producto que consumirás dependerá en gran medida de la opción que elijas. Hay que aguzar todos los sentidos y usar el buen olfato gastronómico.  

La mayoría de los restaurantes que están en el centro de la ciudad te ofrece la típica pizza y los spaghetti que los amantes de la buona cucina conocemos.  La calidad de estos sitios es bastante cuestionable y ni hablar del servicio. Por más que lo intentes, siempre caerás en la tentación por lo que te ofrecen en las vitrinas o por lo que pregonan los vendedores que te invitan a probar sus productos. Si tuviera que recomendarte un buen ristorante italiano, con un producto de primera, tanto en pastas como en mariscos, ese sitio es

Al Giglio. Buen vino, buena comida y un trato de primera.

Mientras te recreas tranquilamente por las calles de Venecia te puedes encontrar con varios sitios que expenden pizza al paso. Tendrás que ver si el aspecto del producto te convence o no, pero en general suelen ser buenos.
Si estás en Venecia y quieres respirar el aire puro del mar, más allá de la vida dinámica de la ciudad, te recomiendo que tomes un vaporetto y te vallas a las islas de Murano, Burano y Torcello. Cada una tiene lo suyo. En Murano encontrarás las mejores tiendas de la renombrada cristalería de Murano. Hay varias y cada una destaca por sus diseños, su originalidad y una interminable y rica variedad de productos. Eso sí, prepara la tarjeta de crédito, porque los precios son todo menos bajos.

Puede suceder que, mientras estás en tu hotel, te ofrezcan un viaje gratis en un taxi acuático privado a la Isla de Murano. Aunque suene muy tentador, no es más que un gancho para llevarte de compras. Serás conducido a las tiendas-taller de cristales más caros de la isla, y tendrás detrás a un verdadero ejército de vendedores escoltándote de un rincón a otro para que compres sus innegables obras de arte en cristal.

Si te gustan los encajes de hilo, Burano es el sitio más recomendado. También encontrarás cristales de Murano, pero el gancho de la isla son sus coloridas casas. Los colores pastel te llevarán por sus tranquilos canales, pasando por sus plazas y los pequeños negocios que la pueblan. Según reza la leyenda, los marineros pintaban sus casas de colores vivos para poder verlas cuando regresaban de sus faenas y hacía mucha niebla.

Comer en Burano fue la experiencia más reconfortante de todo mi viaje. El 1 de enero llegué a la isla a mediodía. Después de recorrerla y sentirla en cada casa, cada canal, cada tienda, fuimos a almorzar a la trattoría Da Primo. Mamma mía, qué mariscos, qué vino, y qué servicio más exquisito. Precios altos, pero el producto es, como se dice en buen italiano, òttimo.

Cuando te vayas de Venecia, no dejes de llevarte un buen Aceto Balsámico di Módena, una botella de Grappa y condimentos para hacer pastas en casa. No tardarás mucho tiempo en querer volver a este mágico rincón de Italia, aunque sea en invierno.

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