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© Textos y fotos: Frank Sánchez

Aquella mañana el sol salió y se proyectó con gran soberbia sobre la calle Reina, llegando con sus rayos implacables hasta La Habana Vieja. Hoy va a ser un día especial, me dije. El calor se antojaba suave, no como en julio o agosto, cuando pasear por la capital cubana es tarea de titanes. Había elegido la época más agradable para volver a Cuba. Marzo, ni invierno ni verano, porque en Cuba la palabra primavera carece de sentido práctico. Aquí se habla de invierno y verano, más de lo último, porque en ocasiones el verano parece eterno. La Habana me esperaba, después de más de un lustro de ausencia involuntaria.

Siempre que llego a La Habana se me antoja algo fresco, como un buen guarapo o un espeso batido de mamey. Ese día tuve suerte. Cerca del Parque de la Fraternidad estaban exprimiendo caña con mucha prisa. La cola superaba la docena de sedientos turistas y allí estaba yo, cual extranjero llegado de la luna, disfrutando el acento habanero, ese contagioso discurso apurado y ruidoso de los capitalinos.

La Habana no ha cambiado mucho, pero en esta ocasión vi más automóviles que nunca. Una verdadera marea de coches clásicos de los 50 inundan la capital cubana: Chevrolet, Buick, Dodge, son los más frecuentes. Son muchos, ruidosos y contaminantes, pero te llevan de un extremo a otro de la capital, y más allá si quieres. Algunos se pavonean como si estuviesen en los años 50, otros renquean y apenas se sostienen, pero no dejan de ser un espectáculo digno de ver. Me moví con ellos los 45 días de mi viaje a Cuba, cuando tenía que cubrir largas distancias.

Pero La Habana hay que andarla, sentirla, saborearla. Ciudad colonial, rica en arquitectura de los estilos más variados, sostenida sobre potentes columnas imbatibles, resurge como el ave Fénix y promete recuperar ese espíritu majestuoso e irreverente de los 50.

Las obras de restauración están por todas partes, pero ya se perciben los cambios de las fachadas enmohecidas por otras alegres y pintorescas. Desde el Parque Central hasta el Puerto de la Habana, encontrarás calles abiertas, esperando ser repavimentadas. Y en medio de toda esta vorágine, nuevos restaurantes emergen para devolverle el espíritu de ciudad viva e insomne que siempre fue.

Mi primera parada fue en O’Reilly 304, un Bar Restaurante de apenas un año de vida. Comida exquisita, precio cómodo, servicio excelente, ambiente alegre y desenfadado, con una gastronomía verdaderamente cubana, pero con un toque internacional de alto vuelo. Sabrosa y fresca langosta, refrescantes mojitos y una variedad insospechada de jugos naturales presentados con gran gusto.

La Plaza Vieja, cerca del Puerto de La Habana, se ha convertido en punto de referencia para cualquier visitante. No sólo por su riqueza arquitectónica, sino por la variedad de restaurantes, bares y boutiques que se han abierto en esta zona. Entre los nuevos sitios destaca La Vitrola, cuyo diseño está inspirado en Marilyn Monroe. Comida tradicional cubana, cerveza local y buena música.

Si te gusta el arte caribeño, debes visitar la FAC (Fábrica de Arte Cubano), en 11 y 24, en el Vedado, sitio de encuentro de los jóvenes creadores cubanos.
El Puerto de la Habana se está convirtiendo en una de las zonas con más vida de La Habana Vieja. Destaca la antigua Casa de la Madera y El Tabaco, actual fábrica de cerveza artesanal.

Refrescarse en sus amplios interiores mientras disfrutas de una jarra de cerveza artesanal te dejará un recuerdo inolvidable. Cerca de allí, después de la Avenida de Paula, paseo emblemático habanero, está el mejor centro de arte cubano. Un gigantesco galpón alberga obras de artistas de todas las edades: cuadros, artesanías, tejidos tradicionales, joyas.  
Aunque en cualquier calle de la Habana Vieja te puedes tropezar con eventos artísticos de mucha calidad, hay una renovada movida cultural que pasa por el Teatro y termina en el Ballet.

El Teatro Nacional, El Teatro Martí, el Mella, por sólo citar algunos.

Si tuviera que recomendarte un paseo típico por La Habana, te sugeriría empezar en el Parque Central, y tomar la Calle Obispo hasta desembocar en El Templete. En el camino te encontrarás con el famoso Bar El Floridita, visitado por Ernest Hemingway, pasarás por el Hotel Ambos Mundos, y por una increíble variedad de nuevos bares y cafés que, además de bebidas y comida, te pueden sorprender con un exquisito espectáculo de música y baile. Y para terminar, desembocarás en el Malecón, la barrera que protege la ciudad de las mareas altas.

El Vedado está cambiando también y se está convirtiendo en referente de buena comida y vida nocturna.

Si el calor te sofoca demasiado y quieres escapar de la ciudad, te recomiendo Santa María, una de las Playas del Este, a sólo media hora de La Habana en auto. Sus playas nada tienen que envidiar a las de Varadero. De hecho, si quieres compartir con gente cubana y pasarla bien, quédate en las Playas del Este.

Cuba está de moda ahora. La avalancha de turistas que está llegando de todas partes es tan grande, que los servicios colapsan y a veces hay que esperar más de lo normal para hacer cualquier trámite. En ciertos restaurantes el servicio es lento, pero siempre te encontrarás con gente amable que te hará sentirte bien. Porque si algo maravilloso tiene Cuba, es su gente, siempre hospitalaria y dispuesta a tenderte la mano.

Eso sí, antes de regresar, disfruta de la Puesta del Sol en el Malecón de La Habana, mientras saboreas un sabroso mojito o te deleitas con el humo de un buen habano. La ciudad de intramuros y de sombras te espera con las puertas abiertas.

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