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Por: Luis Maldonado

Seis y treinta de la mañana. Miro por mi ventana y, como lo presentía, es una de aquellas mañanas luminosas del “veranillo” que suele darse durante parte de diciembre en la capital del Ecuador. El paisaje que se presenta frente a mí no es nuevo. Sin embargo, no deja de maravillarme cada día. Creo estar frente a una pintura celestial, una en la que resalta el cielo azul-celeste intenso, único de Quito, de una intensidad solo explicable porque la luz del Astro Rey Ecuatorial le da una tonalidad simplemente inigualable.

Del azul-celeste del cielo parece descolgarse la silueta sempiterna, colosal y a la vez grácil y amable del soberbio Pichincha, el volcán tutelar de la ciudad, con sus elevaciones ondulantes decorando el paisaje de tonos verdes, amarillos y anaranjados. El perfil inconfundible de Cruz Loma y más hacia el sur el domo casi perfecto del Unguí forman un conjunto tan armónico que, otra vez, parece más el de una pintura que el de un paisaje natural.

A los pies de semejante majestuosidad se encuentra Quito, ondulando entre las quebradas y flancos bajos del Pichincha, trepando por sus interminables colinas, un maravilloso carrusel de todos los colores que le agrega más unicidad al fabuloso paisaje.  Recorro con mi mente lugares maravillosos del planeta en los que he tenido la fortuna de estar y, sin eufemismo alguno, no encuentro nada que se le parezca en magnificencia al paisaje montañoso de Quito con el telón de fondo de su cielo azul.

Hacia el centro y sur de la ciudad alcanzo a divisar las gigantes torres neo-góticas de la Basílica del Voto Nacional, su monumental estructura gris sobresaliendo por sobre casas, colinas y hasta edificios.  No en vano es considerado como el templo católico más grande en superficie y altitud estructural de las Américas. También logro ver el vértice occidental de la emblemática y milenaria colina de El Panecillo, incrustada como si hubiese llovido del cielo en pleno centro de la angosta pero larguísima ciudad.  Sobre la cima del Panecillo se destaca otra obra monumental: la réplica gigante en aluminio, con más de 40 metros de altura, de la hermosa y única “Virgen de Quito”, cuyo original de apenas 30 centímetros de tamaño, obra del gran escultor de la legendaria Escuela Quiteña de Arte Colonial, Bernardo de Legarda, reposa en el histórico complejo religioso de San Francisco.   

Es el día perfecto entonces para recorrer esta ciudad mágica y vivir la experiencia sin parangón de deambular entre el cielo azul, verdes colinas y las cúpulas con hermosos azulejos de las decenas de imponentes y fantásticas iglesias, conventos y edificaciones patrimoniales, la mayoría de las cuales data de los siglos 16, 17 y 18.  La angosta y pintoresca calle Junín, columna vertebral del colonial barrio de San Marcos, nos da la bienvenida con sus casitas de coquetos balcones adornados con faroles y maceteros repletos de rojos geranios, otro clásico quiteño. Por encima, no deja de refulgir ese luminiscente cielo azul. Las segundas plantas de algunas restauradas casas coloniales del sector nos regalan espectaculares postales vivas del Panecillo y ángulos inéditos de la ciudad que nos llenan el alma de alegría y admiración. 

Ahora estamos haciendo equilibrio sobre los pisos irregulares del complejo de terrazas que rodea las cúpulas del majestuoso Convento colonial de Santo Domingo. Es como el clímax del recorrido. Desde esta altura y posición privilegiada, podemos mirar los cerros de Monjas, Puengasí y el Auqui, todos queriendo tocar el cielo que sigue aún sin una sola nube; los barrios del sur y oriente, el Panecillo justo enfrente nuestro, casi que lo podemos tocar.  Sobre su cima, la Virgen de Quito sí toca con sus alas de aluminio el cielo azul mientras hacia el occidente sobresalen la Cima de la Libertad y su monumento a la Batalla del Pichincha; el edificio de cristal del “Yaku”, el Museo del Agua, antigua planta principal de abastecimiento de agua de la ciudad en las colinas de “El Placer”. Más allá la colina de San Juan con sus profundas quebradas y barrios de colores parece casi aterrizar sobre el corazón mismo del Centro Histórico: la Plaza Grande.   

Partiendo de la histórica Plaza de Santo Domingo donde la estatua del Mariscal Sucre apunta con su dedo hacia el gran Pichincha, la angosta calle Rocafuerte asciende en línea recta y nos muestra en cada nueva cuadra las cúpulas, domos y torres de más iglesias, monasterios y conventos coloniales: El Carmen Alto, Santa Clara, San Roque y más.  Todos quieren tocar ese esplendoroso cielo azul que las cubre.  Un poco más hacia el norte vemos claramente las señoriales torres blancas de San Francisco, “El Escorial de América”, levantándose, como no, también hacia el cielo. Y más allá La Merced, La Catedral, San Agustín, San Juan, Santa Bárbara, La Concepción. Pero Quito es también, por supuesto, una ciudad de gente, de intenso trajín, de colores vivos en movimiento, ciudad eterna llena de las más asombrosas leyendas, tradiciones, artes, oficios y seres humanos amables, cordiales, ingeniosos, creativos y de gran sentido del humor. En futuras ediciones les compartiremos varias historias humanas de esta ciudad de fantasía hecha realidad.

Más tarde, en el norte de la ciudad, en el “Quito moderno”, sus enormes edificios y conglomerados de torres inteligentes y de avanzada tecnología no ceden tampoco a la tentación de tocar el cielo azul con sus antenas más altas y puntiagudas. Amplios espacios verdes como los Parques de La Carolina y varios más se muestran desde cualquier ángulo con el telón de fondo de la cima despejada del Rucu Pichincha y el protagonista principal del día: ese inconfundible cielo azul que no ha dejado de brillar, más aún en las horas meridianas cuando el Astro Rey, el ancestral Dios Inti de nuestras culturas milenarias, se posiciona perpendicularmente sobre nuestras cabezas y nos recuerda también que, desde tiempos inmemoriales, la privilegiada posición geográfica de nuestro País y su capital en el centro mismo de la tierra, nos relaciona directamente con el Sol: el Dios de las siembras y cosechas, el que brilla durante doce horas a lo largo de todo el año y le da esa luminosidad y tono tan especial a nuestro cielo, del cual estamos más cerca que cualquier otro lugar del planeta.     

Lee en línea nuestra 29va edición

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