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Fotos y texto : Francisco Paz y Miño

A siete horas de Quito, sobre el valle del río Urubamba, en Perú, está la mágica Montaña Vieja (Machu Pichu). Lo que nuestros ojos vieron no se puede explicar ni con fotos ni con textos, es una experiencia que hay que vivirla.

El destino era la que alguna vez fue la capital del Imperio Inca, el Cuzco, en Perú. Habíamos escuchado sobre lo impresionante del viaje, sobre lo delicioso de los sabores que se encuentran a cada paso. Nos hablaron de la amabilidad de la gente; pero, sobre todo, de la energía que se siente al estar en el sitio. Buscamos en internet para saber un poco más del lugar a donde iríamos y solo en fotografías se alcanzaba a dimensionar lo que estábamos a punto de ver.

En pocas horas ya estábamos en El Cuzco y todo lo que nos dijeron, lo que vimos en internet y lo que escuchamos, se quedó corto. En esta ciudad sus habitantes están orgullosos de su historia, de su identidad. Ellos saben que sus ancestros fueron parte de una sociedad de avanzada, que construyeron un imperio sin ayuda de tecnología, que levantaron una ciudad en medio de la nada y que conocían a la perfección sobre los astros y la influencia en la agricultura.

Ecuador tiene alrededor de 350 variedades de papa nativa, mientras que Perú posee más de 5 mil variedades, por lo que es considerado el primer país en biodiversidad de papas. Solo El Cuzco tiene un promedio de 1500 y esto les sirve para tener una de las gastronomías más famosas del mundo, pues además cultivan maíz y diversidad de especias que le dan sabor a sus famosos platillos.

Cuando creíamos que lo habíamos visto todo, llegó el momento de subirnos a un tren hasta Aguas Calientes, para al día siguiente tomar un bus que nos llevaría a Machu Pichu, que traducido al castellano significa Montaña Vieja, es una ciudadela Inca ubicada en las alturas de las montañas de los Andes, sobre el valle del río Urubamba.

La vista es impresionante y el intenso frío hace que la experiencia sea aún mejor. Es imposible dejar de imaginar cómo lo hicieron, pues construyeron sofisticadas paredes de piedra que combinan con enormes bloques perfectamente delineados. Ese es un misterio que aún ni los científicos, a pesar de los largos estudios, logran descifrar.

Más preguntas que respuestas

Este patrimonio de la humanidad se divide en dos sectores: el agrícola que comprende una vasta red de andenes o terrazas artificiales y el urbano, formado por diversas construcciones y plazas entre las cuales destacan el Templo del Sol, Templo de las Tres Ventanas, el Templo Principal y el Templo del Cóndor.

Sus construcciones siguen el estilo clásico inca: edificaciones con muros de piedra pulidos en forma rectangular, unidas entre sí sin el uso de amalgamas, puertas y ventanas trapezoidales. No soy el único turista en el recorrido, están personas de diversas partes del mundo y a todos el lugar nos impresiona. “It is beautiful, incredible”, (es hermoso, increíble) dice una turista británica y a renglón seguido se pregunta “¿How they did it?” (¿Cómo lo hicieron?). Y es que no es para menos, uno solo puede imaginar cómo vivían, lo que hacían, cómo era esa ciudad en movimiento y es que muchos comparan al Imperio Inca con la magnitud del Imperio Romano.

Entre múltiples sabores, diversidad de colores, aromas penetrantes e imágenes que jamás se borrarán de las retinas, abandonamos el Cuzco, un lugar mágico, único, lleno de energía. Lo hacemos con ganas de volver y descubrir más, descubrir más de las que también son nuestras raíces, nuestra herencia.

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