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Por: Luis Maldonado-Robles

La pintoresca Calle Rocafuerte, en el Centro Histórico quiteño, es una de las calles más antiguas de la ciudad, con registros de actividad poblacional desde inicios de la Colonia y es la vía principal del tradicional barrio de La Loma Grande. El emblemático Arco de Santo Domingo destaca en la mitad del histórico viaducto. Al fondo resalta, encaramada en las faldas del gran Volcán Pichincha, la imponente estructura de vidrio del Yaku, el actual Museo del Agua y, antes, parte del principal acuífero de Quito hasta mediados del Siglo 20.

Ese es el paisaje que nos acompaña hoy mientras nos internamos en la empinada callejuela de piedra, la Fernandez Madrid, que, una cuadra más abajo, nos lleva frente a las puertas de madera tallada de la fabulosa y poco conocida Capilla colonial del Señor de los Milagros, escondida en un mágico rincón del hermoso barrio quiteño. Desde una puerta lateral que da a los jardines interiores, vemos llegar sonriente a Fausto Caballero, el propietario y gestor de un novedoso y original emprendimiento que viene a enriquecer el portafolio de magníficos atractivos turísticos de Quito, la capital del Ecuador y primera ciudad Patrimonio Cultural de la Humanidad en el mundo, así declarada por la UNESCO en septiembre de 1978.

Fausto nos abre la puerta principal de la pequeña pero espléndida Capilla que desde su entrada nos transporta a la época colonial. Nuestro anfitrión nos explica con lujo de detalles la historia de este escondido secreto que constituye la Capilla: su construcción data de alrededor de 1680 y nace de una fascinante leyenda popular-religiosa que da origen a la historia del Señor de los Milagros cuya escultura, sentada sobre una gran roca natural, ahora preside el imponente Altar Mayor. A sus lados se encuentran interesantes imágenes tetramorfas que representan a los cuatro evangelistas, caracterizados por el Buey (San Mateo); León (San Marcos); Águila (San Lucas) y Ángel (San Juan). Sobre un muro de adobe se destaca una pintura en óleo, atribuida al Fraile dominico Pedro Bedón, uno de los mayores referentes de la Escuela Quiteña de Arte Colonial. La pequeña capilla es como un cofre repleto de joyas, especialmente pictóricas y escultóricas, que representan pasajes bíblicos.

Un puerta lateral de la capilla nos conduce ahora hacia un hermoso atrio de piedra que abre el paso a un amplio patio, también de piedra y de estilo claramente colonial, que antecede a un complejo de jardines dispuestos escalonadamente para adaptarse a la pendiente natural del terreno, en los que se alojan árboles y plantas nativas como el capulí, arrayanes, cedros, nogales, aguacates y otros que a su vez atraen a decenas de aves como mirlos, colibríes y gorriones que llenan el espacio de paz con sus trinos. En una blanca pared interior se disponen simétricamente maceteros con los tradicionales geranios rojos, otro símbolo del Quito colonial.

Al costado occidental de la Capilla está su viejo y alto campanario de adobe, ladrillo y piedra, por sobre el cual podemos divisar parte de las cúpulas de Santo Domingo y al fondo las laderas del Pichincha. La Capilla y su complejo adyacente son parte del inventario de sitios patrimoniales de la ciudad. Su rectoría pertenece a la Curia Metropolitana de Quito pero están bajo el cuidado del Instituto de Patrimonio, el cual, entre 2017 e inicios del 2018, realizó una restauración integral tanto de la capilla con todos sus componentes como del atrio y patios exteriores del complejo.

Los Milagros, Centro de Cultura y Gastronomía, es una innovadora propuesta gestada y llevada adelante con tesón por el espíritu emprendedor de Fausto Caballero y su equipo de apoyo: Lourdes Pozo, Ramiro “Tito” Cruz y el Chef John Palacios. La idea es brindar a los visitantes una experiencia en la que se fusionan armoniosamente, en un lugar excepcional y cargado de historia, elementos de nuestra cultura indígena y mestiza en sus más variadas y múltiples manifestaciones como la danza, el arte, la música y la historia, con el complemento de una cocina que recrea lo mejor de la gastronomía tradicional en forma de recetas únicas, llenas de sabor e historias curiosas detrás de cada una de ellas.

Fausto es un joven ibarreño que ama profundamente a su país y, a sus 35 años de edad, ve cumplirse el sueño que tuvo desde su adolescencia. Los Milagros, hoy con tres años de exitoso funcionamiento, bajo Convenio con la Parroquia de San Marcos que regenta la capilla y su complejo, es el lugar ideal para los más variados eventos, desde bodas, bautizos, celebraciones, fiestas tradicionales, almuerzos y cenas exclusivas hasta conciertos de piano, violín, cuerdas o presentaciones musicales de coros y solistas que realzan el ambiente religioso de la capilla. El lugar sorprende gratamente a todo visitante, incluyendo a numerosas personalidades nacionales e internacionales, que siempre elogian la belleza y magia del lugar, lo original de su propuesta y la calidez de la atención y un ambiente que invita a disfrutar una experiencia realmente diferente.

Al salir hacia el atrio, nos reciben con un coctel de bienvenida de la casa. Fausto nos explica que está hecho con “puntas”, un aguardiente fino de los sub-trópicos ecuatorianos y una combinación de frutas exóticas. El sabor es exquisito y opera como un excelente aperitivo.

Afuera nos espera una acogedora mesa, al pie de la torre que alberga el viejo campanario de más de 300 años de antigüedad. De pronto, desde diversos rincones de la propiedad, aparece un pequeño ejército de jóvenes bailarines, ataviados con multicolores trajes que representan a diversas etnias que habitan el Ecuador culturalmente rico y diverso. Mientras degustamos unas “bonitísimas”, delicadas tortillas de maíz blanco y maíz negro, rellenas de queso, somos los privilegiados espectadores de una vibrante función de danzas tradicionales de distintas regiones de la geografía del Ecuador, con los personajes más emblemáticos del calendario anual de festividades a lo largo y ancho del país.

La brillante policromía de los vestidos de las mujeres nos deslumbra por la intensidad y belleza de los colores mientras que los varones visten zamarros de cuero y lana y ponchos de colores. Otros, cubiertos sus cabezas y rostros con máscaras mitológicas, representan diablos y personajes de la cosmovisión indígena, quienes danzan acrobáticamente y nos ofrecen un espectáculo inolvidable que nos transporta a las raíces mismas de los pueblos ancestrales que habitan el actual territorio ecuatoriano desde hace siglos.

Los bailarines son jóvenes estudiantes, hombres y mujeres, de una Unidad Educativa pública del sector quienes, bajo la dirección del consagrado bailarín folklórico Tito Cruz, como parte de la responsabilidad social de los gestores de Los Milagros, se forman en el mágico mundo de la danza y las artes y van alcanzando cada vez más reconocimiento que les abre el camino a éxitos mayores y carreras profesionales.

John, el joven Chef ecuatoriano de Los Milagros, con su amplia sonrisa nos explica acerca del menú. Aquí, a diferencia de los restaurantes convencionales, no hay una carta impresa para ordenar, sino una oferta de platos del día para seleccionar de entre dos o tres opciones de entradas, platos fuertes y postres. John resalta el hecho de que todas las recetas son el fruto de amplia investigación que transportan al huésped, a través del paladar, a tiempos antiguos cargadas de historia y simbolismo. Se usan predominantemente productos frescos, orgánicos y propios de lo que ofrece el fértil suelo del Ecuador. Lo que sigue es un festín de texturas y sabores que incluye deliciosas recetas como el “lomo santo”, cocido con vino de consagrar, o el “pollo de Santa Clara” y de postre, un exquisito “brownie” de quinua con helado de mortiño.

La mágica luz del atardecer ha dado paso ya a la noche y Quito se viste de grandiosidad con la iluminación monumental de sus decenas de cúpulas, torres y edificaciones patrimoniales. Mientras tanto, Fausto sigue tramando nuevos e innovadores sueños sobre los cuales les contaremos próximamente.

Fotografía César Farías

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