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Textos y fotografías: Frank Sánchez

Cuando el sol comenzaba a ponerse, la silueta de aquel peregrino se dibujada cada vez con mayor nitidez. Me impresionó sobremanera su rostro quemado por el sol y el estado de sus zapatos. Pasó frente a mí y continuó su camino hacia la Plaza del Obradoiro, en Santiago de Compostela, donde se congratularía por haber cumplido el recorrido que se había marcado. El Camino de Santiago es una de las aventuras recurrentes en Galicia, aunque los puntos de inicio del trayecto son muy variados y comienzan en varios países europeos. Pero por más fascinante que me parezca la historia de la peregrinación al sepulcro del Apóstol Santiago el Mayor, me concentraré en mis experiencias en esta mítica ciudad gallega y sus alrededores que, además de ser una de las más bellas de España, goza de una gastronomía envidiable.

Esta vez conduje desde Madrid hasta Santiago de Compostela, un recorrido de 600 km por unas carreteras impecables y un clima delicioso. Más grato aún porque dejaba una ciudad que sucumbía a una de las mayores canículas de los últimos 50 años. Después de dejar las maletas en el hotel, nos dirigimos al bodegón Os Concheiros, una pulpería en la periferia de la ciudad. Me habían dicho que el mejor polbo á feira (pulpo a la gallega) se comía aquí y no les faltó razón. Así comenzó nuestra andadura por la capital gallega.
Vinos hay muchos y de excelente calidad. Los de las Rías Baixas son los más apreciados. Para empezar, opté por un Do Ferreiro Cepas Vellas.

Barriga llena, corazón contento. Después de un merecido descanso, y con el sol poniéndose, salimos a la ciudad vieja, urbe añeja, con casas que parecen congeladas en el tiempo. Restaurantes, bares, gaiteros y muchos peregrinos, sí, muchísimos caminantes, que con sus mochilas al hombro recorren la ciudad como almas en pena.
La cocina gallega no está compuesta sólo de mariscos. La carne gallega es famosa por la frescura de los pastos de sus campos. Pero si vas al norte de España, no dejes de probar las navajas, el pulpo a la gallega, los camarones y el centollo. Este último puede salir muy caro, pero una vez al año no hace daño.

Santiago de Compostela se camina, de día y de noche, porque el clima te lo permite siempre. Sus calles angostas y vetustas crean un microclima ideal para pasar el día entre sitios de interés y sus inagotables rincones gastronómicos. La Catedral de Santiago es uno de los santuarios más hermosos que he visto en mis largos recorridos por el mundo. Su majestuosa arquitectura barroca, con evidentes toques góticos y romanos, es un sitio de obligada visita. La Plaza del Obradoiro siempre está repleta de peregrinos y curiosos.
A pocos metros de allí está la Plaza las Platerías, otro rincón que no puedes pasar por alto.

Antes de abandonar la Catedral te recomiendo pasar por el Altar Mayor y abrazar a la imagen del Apóstol. Ve temprano, porque las filas son largas.
Subiendo por una de las calles que convergen en la Plaza del Obradoiro llegarás a la Plaza Cervantes, punto de encuentro obligatorio. Es como estar en el corazón de la ciudad, rodeado de milenarios edificios. En el Siglo XII se la conocía como el Foro, donde los pregoneros daban importantes noticias a la población local. Hoy sigue siendo un sitio con mucha magia. No lejos de allí está el museo Casa de la Troya, la Iglesia de San Martín Pinario y el Monasterio de San Francisco.

En Santiago te puedes quedar los días que quieras, pero si vas en verano, ¿por qué no pegarse una escapada a las playas gallegas? No muy lejos, a una hora, está Bueu, en la provincia de Pontevedra. Según los entendidos, aquí se come el mejor marisco de toda España. Bueno, para gustos se han hecho los colores. No obstante, mi experiencia fue mucho más que satisfactoria. Bueu es un pequeño pueblo de pescadores y playas hermosas de aguas cristalinas. Son pequeños rincones que invitan al descanso. Eso sí, el agua es muy fría, incluso en los días más calurosos del verano. Pero después de la primera zambullida, te olvidas de todo. ¿Dónde comer en Bueu?. Es el Nordes, un sitio moderno, con mariscos muy frescos y una variada oferta de vinos para todos los bolsillos. El arroz con bogavante que pedimos se ha quedado gravado en mi paladar.

La última noche la dedicamos al tapeo en las calles del centro de Santiago de Compostela. Entre un sitio y otro, y después de haber catado más de un vino de las Rías Baixas, regresamos al hotel para preparar el regreso a Madrid al día siguiente.

La última noche hizo bastante frío. Cualquier precaución es poca cuando viajes al norte de España. Las temperaturas pueden descender sin previo aviso y es mejor llevar ropa para la ocasión.

 

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