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POR: ADRIANA HIDALGO

 La Capital del Mundo, la Gran Manzana, la ciudad que nunca duerme… teníamos solamente 72 horas para descubrir qué es lo que hace a esta ciudad mágica. 

Empezamos la mañana tomando el tren subterráneo que lleva al final de la Isla de Manhattan. Caminamos por el parque Battery hasta el Puerto del Ferry que lleva a las Islas Ellis y Liberty. El viaje por la bahía es espectacular, los gigantes edificios del distrito comercial detrás de la famosa Estatua de la Libertad son la forma perfecta de empezar nuestro viaje por la Gran Manzana. Después de ver de cerca la estatua, tomamos el ferry de regreso a la Isla Ellis en donde está el Museo de la Migración, que contiene toda la historia y hasta objetos de las personas que emigraron desde Europa durante la crisis de 1900. Un lugar histórico y lleno de emociones. 

 De regreso a Manhattan, caminamos hasta el famoso Toro de Wallstreet. La escultura de bronce de 3200kg es un símbolo de poder y fuerza, representa al pueblo norteamericano enfrentando a los poderes financieros. Al frente, desde el 2017, se encuentra la Niña sin miedo, en honor al papel de las mujeres que hoy en día están al frente de grandes empresas. 

 Desde esta zona, aprovechamos que era un lindo día y caminamos hasta el puente de Brooklyn. Cruzamos el puente para ver Manhattan al atardecer, una de las mejores postales de la ciudad, el cielo de colores mezclándose con millones de pequeñas luces de los enormes edificios. Para terminar el día decidimos salir de la zona turística e ir a cenar en el Upper East Side, donde se encuentran pequeños restaurantes con comida fusión y música en vivo donde los neoyorquinos terminan sus agitados días.

 El segundo día lo comenzamos en el Museo Metropolitano de Arte, uno de los más reconocidos en el mundo, con millones de piezas de las más importantes civilizaciones de la historia. La entrada tiene un precio sugerido, pero el valor a pagar es decisión de cada persona. Después de comer uno de los más famosos hot dogs de Nueva York, caminamos por el Parque Central, y entre sus paisajes y puentes encontramos el monumento a Balto, en honor a los perros de trineo. Aprovechamos nuestra ubicación y fuimos de compras por la Quinta Avenida. Esta calle tiene las mejores tiendas de moda, pero también tiendas de cadena y variedad de productos al alcance de todos. Cerramos el día con broche de oro desde el Empire State, el edificio más alto de Nueva York y el sexto del mundo. La vista de 360 grados de la ciudad en la noche es mágica. 

 El tercer día lo empezamos en el memorial del 9/11, dos piscinas ubicadas donde se alzaban las torres gemelas del World Trade Center. Decidimos visitar el museo en honor a las víctimas de los atentados de 11 de septiembre, un homenaje tan conmovedor como impactante, digno de ser visitado. Almorzamos en el barrio Little Italy, conocido así por la cantidad de italianos que ser asentaron en esta zona, hoy un mágico barrio de restaurantes de comida auténtica y tiendas con novedades. 

 Nuestra última tarde y noche la pasamos en Times Square Garden, uno de los lugares más coloridos y felices que hayamos visitado. Las luces de las tiendas que se mezclan con las luces de las pantallas anunciando los nuevos estrenos, los rótulos de las obras de teatro de Broadway y el flash de las cámaras, todos en un perfecto caos, hacen de este lugar el corazón de la ciudad. Elegimos, entre casi infinitas opciones de obras de teatro, El Rey León y fue la perfecta despedida de una espectacular ciudad. 

 

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