La obra de arte es como una columna de espejos en la cual cada uno se ve a sí mismo.
El artista investiga y estudia dentro de sí y esa verdad que encuentra la saca hacia afuera, la expresa, de ahí la palabra y produce la obra de arte; a aquel que está del otro lado de ese mágico arco iris que se forma entre los dos le toca, en su ser interno, en el mismo lugar del que el artista la extrajo. Uno es el productor y el otro el receptor. Uno de los dos estudia y produce la obra y el otro sin estudiar el arte, la aprecia y se ve identificado. Los dos se alimentan de lo mismo.