Hoy me llegó a la mente con fuerza la frase “nunca digas nunca”, y me di cuenta de que con el paso del tiempo uno va entendiéndola de otra manera. Suele pasarnos, cuando somos adolescentes o muy jóvenes, que creemos con vehemencia en ideas absolutas, pensamos que jamás haríamos tal cosa, que nunca cometeríamos tal error o que bajo ninguna circunstancia perdonaríamos ciertas acciones en nuestra contra.
La verdad es que la vida se encarga de hacernos tragar cada “nunca” y nos presenta situaciones para enseñarnos que todo depende del momento, del entorno, de las condiciones y de las circunstancias.
Hace unos días, una preciosa chica defendía con firmeza que nunca va a depender económicamente de un hombre, que siempre trabajaría y tendría su propio dinero para cubrir todas sus necesidades. Y yo aplaudo eso, por supuesto, es lo deseable. Pero, no podemos cerrar la posibilidad a que la vida tenga otros planes para nosotros y mucho menos juzgar a otro por tomar una decisión diferente.
Actualmente, hombres y mujeres hemos visto que, en caso de enfermedad, en crisis económica o lo que estamos viviendo por la pandemia son muestras claras de que esa situación puede cambiar de la noche a la mañana. En esta época, con seguridad más de un hombre que siempre juró que sería el sostén económico del hogar, tal vez ha tenido que asumir otro rol y aceptar que sea su pareja la que ahora sea la fuente de recursos para su familia. De igual manera, una mujer que desea con pasión ser siempre independiente, si enfrenta la enfermedad de un hijo y las condiciones económicas de su familia le permiten dejar de trabajar y depender de su pareja para poder dedicarse por completo al cuidado de su hijo, lo haría sin pensarlo dos veces.
“Si alguien roba comida y después de la vida ¿qué hacer?, ¿hasta dónde debemos practicar las verdades?”, dice en una canción Silvio Rodríguez. Y es que los seres humanos estamos llenos de juicio, porque creemos que los otros comenten errores, porque pensamos que nosotros somos infalibles, que eso “nunca” nos pasaría. Por ejemplo: nunca en la vida me humillaría para pedir dinero prestado, hasta que dar de comer a mis hijos depende de eso; nunca perdonaría una infidelidad, hasta que comprendo que el plan mayor de un hogar vale la pena esa segunda oportunidad; nunca me comportaría de tal modo, hasta que pierdo los estribos por una situación extrema.
Podría seguir pensando en cientos de ejemplos o ir atrás hacia mi vida y repensar en mis “nunca” para reconocer que todos cometemos el error de decretar muchos “nunca” hasta que la vida nos enseña, la mayoría de veces con dolor, a tragarnos esos juicios y esos “nunca”, que provienen de nuestro ego y prepotencia. Ahí donde juzgamos es donde pagamos.
Y así, la vida nos va presentando situaciones para que tengamos otras miradas, para enseñarnos que no podemos ser categóricos y para aprender a mordernos la lengua cuando juzgamos a otra persona por haber hecho lo que, a nuestros ojos, es algo indigno, imperdonable o reprochable.
Por suerte, esta reflexión me lleva hoy a asegurar que lo único certero es que nadie sabe lo de nadie y que ninguna persona está exenta de pasar por una situación que remueva sus creencias.
Con el tiempo aprendemos que la vida no es blanco y negro sino toda una inmensa gama de grises.
#nunca #nuncajamás